La mezzosoprano francesa Marianne Crebassa regresó por segunda vez al Ciclo de Lied del CNDM y el Teatro de la Zarzuela, esta vez acompañada por el pianista Alphonse Cemin, que debutaba en el ciclo. El programa, tan variado como coherente, trazaba un puente entre Francia y España con un núcleo dedicado a Mahler que actuaba como eje emocional de la velada.
Abrió con las Trois mélodies de Debussy sobre poemas de Verlaine, un terreno en el que Crebassa se mueve con naturalidad casi instintiva. En La mer est plus belle que les cathédrales desplegó una línea fluida, ondulante, como si realmente respirara al ritmo del mar. En Le son du cor s’afflige vers les bois se adentró en una melancolía contenida, casi hablada, mientras que en L’échelonnement des haies dejó ver la plenitud de su instrumento, un timbre denso, luminoso, capaz de llenar la sala sin perder delicadeza.
La selección de canciones de Fauré confirmó su versatilidad. En Lydia dibujó un canto sensual y bucólico, y cerró el bloque con dos piezas de Mirages, donde mostró un dominio absoluto del color y del matiz. Crebassa regula, sostiene, acaricia y proyecta con una seguridad que se percibe desde el primer compás. Tiene agudos brillantes, graves firmes y una dicción que convierte cada palabra en intención.
Cemin tomó entonces el protagonismo con La Puerta del Vino de Debussy, de la que hizo una lectura muy inspirada. Más tarde, en Lavapiés de Iberia, demostró arrojo al atreverse con la complicada pieza de Albéniz, quizá algo precipitado en algún giro, pero hay que ser valiente para interpretarla.
La segunda parte se abrió con Kindertotenlieder de Mahler, el corazón emocional del recital. Crebassa las abordó desde la intimidad, sin dramatismos superfluos, dejando que la palabra respirara. El final de In diesem Wetter, in diesem Braus con un pianísimo casi suspendido en el aire, fue uno de esos momentos que justifican un recital.
El cierre llegó con las Siete canciones populares españolas de Falla, un terreno donde muchos cantantes extranjeros naufragan, pero no Crebassa. Las tiene estudiadas, interiorizadas, casi vividas y eso se nota mucho en la interpretación. Cada pieza tuvo su carácter, la Seguidilla murciana afilada, la Asturiana contenida, la Nana delicada. Una sorpresa deliciosa.
En las propinas, Crebassa volvió a la Seguidilla, esta vez de Carmen, y lo hizo con una soltura y naturalidad sorprendentes, como si fuera algo que canta cada mañana al despertar. Un gesto final que confirmó lo evidente, estamos ante una artista que no solo domina los estilos, sino que los habita. Sin duda, de los mejor de este Ciclo es esta temporada.
Texto: Paloma Sanz
Fotografía: Elvira Megías
