Conviene empezar diciendo que Andreas Schager es un tenor de enorme experiencia, cuya trayectoria está estrechamente ligada al repertorio heroico de Wagner y Strauss. Su presencia en el segundo recital del Ciclo de Lied, celebrado el 26 de octubre en el Teatro de la Zarzuela, despertaba, por ello, cierta curiosidad, no todos los días se escucha a un Heldentenor enfrentarse a un universo musical tan alejado de sus dominios habituales. El resultado, por desgracia, no estuvo a la altura.
Schager es un especialista en el universo wagneriano, donde la voz debe imponerse a orquestas de enormes dimensiones. Justo lo contrario de lo que exige, al menos en apariencia, el repertorio liederístico, aquí no se trata de imponerse, sino de sugerir, no de exhibir potencia, sino de dominar el matiz.
Pero sería injusto afirmar que un cantante wagneriano es incapaz, por definición, de interpretar a Schubert. La cuestión es si dispone de los recursos técnicos y estilísticos necesarios para hacerlo, y si se encuentra en un momento vocal adecuado para afrontar semejante desafío.
Además, no era la primera vez que Schager se enfrentaba al género ni al propio Schubert, pues ya había interpretado La bella molinera (Die schöne Müllerin) en Viena. No podía, por tanto, alegar desconocimiento del terreno.
Las veinte canciones que componen este ciclo no requieren una exhibición vocal de corte wagneriano, más bien, todo lo contrario. Sin embargo, Schager pareció incapaz de desprenderse de su condición de Heldentenor para adentrarse en un universo que exige intimidad, sutileza y una constante atención al detalle. Su interpretación avanzó con una rigidez mecánica, sin transmitir la expresión ni la evolución psicológica del personaje. Los pianissimi, sencillamente, no existieron. Y a las dificultades para matizar se sumaron problemas de afinación que terminaron por comprometer seriamente el resultado.
Quedó así demostrado que conocer el repertorio y poseer una voz poderosa no garantiza el dominio de la media voz, la afinación ni la sutileza del fraseo. La potencia, por sí sola, no basta, menos aun cuando Schubert pide justamente aquello que una voz acostumbrada a la épica wagneriana parece resistirse a ofrecer.
Guillermo García Calvo se encontró ante un auténtico papelón al piano. Para mí, fue una víctima más del cantante austríaco. Nunca llegaron a respirar juntos ni a establecer una verdadera complicidad musical. ¿Cómo hacerlo cuando el acompañante parece obligado a perseguir al cantante, tratando de adivinar sus intenciones, sus dinámicas y hasta sus cambios de tonalidad? García Calvo intentó sostener el edificio como pudo, aunque tampoco logró dotar al piano de toda la autonomía expresiva que este ciclo necesita. Esperemos tener ocasión de escucharle de nuevo en su faceta de pianista acompañante, en circunstancias más propicias y con un compañero que le permita desplegar sus cualidades.
Como propina, Schager ofreció un fragmento de La valquiria, de Wagner, el territorio en el que verdaderamente se mueve como pez en el agua. Allí reaparecieron el brillo, la potencia y la seguridad que habían brillado por su ausencia durante buena parte del recital. Su interpretación fue notable y gustó mucho al público, pero ni siquiera ese regreso a casa consiguió compensar lo sucedido anteriormente.
Lo que sigue siendo difícil de entender es el empeño en ofrecer este recital. ¿Por qué asumir un desafío que exige unas cualidades tan distintas de aquellas que han cimentado la carrera del tenor? ¿Por qué insistir en un repertorio que, al menos en esta ocasión, pareció quedarle tan lejos? Misterio…
Andreas Schager © Rafa Martín
