febrero 2026
I Masnadieri

I Masnadieri es obra de un Verdi joven, aunque ya había triunfado con títulos como Ernani, Nabucco o Macbeth. Conserva, por tanto, las limitaciones propias de una creación temprana, pero deja entrever las virtudes, sobre todo teatrales, que el compositor estaba forjando en su búsqueda de una voz definitiva y reconocible. Al escuchar I Masnadieri, especialmente en esos pasajes tan inequívocamente verdianos, surge esa sensación que define lo que es la ópera.

El mayor valor de esta partitura es precisamente mostrar a un Verdi en plena evolución: un creador con la energía, la impaciencia y las contradicciones de la juventud, avanzando hacia su madurez artística.

El encargo supuso para él un reto considerable. Debía transformar Los bandidos de Schiller, una obra de fuerte carga filosófica, en un drama musical. Para ello contó con Andrea Maffei, un libretista que no destacaba precisamente por su pericia, pero que era esposo de la condesa Clara Maffei, con quien Verdi mantenía una estrecha amistad. Ambos coincidían en el célebre salotto Maffei, junto a otros intelectuales comprometidos con la unificación italiana. Sin embargo, el resultado no satisfizo al compositor, la dramaturgia de Maffei dejaba mucho que desear.

El Teatro Real ofrece ahora dos representaciones en versión concierto, una opción mucho más adecuada que una puesta en escena completa, ya que la ya comentada falta de tensión dramática hace que la obra resulte menos fluida. Es, literalmente, una sucesión de arias en la que los cantantes apenas coinciden sobre el escenario salvo en dúos o cuartetos. Tal vez sea esta una de las razones por las que esta ópera tiene poca presencia en el repertorio.

A esta limitación del texto, Verdi intenta responder con su escritura musical, y hay momentos en los que su genio asoma con fuerza. La orquesta, casi de laboratorio, adquiere un papel más atmosférico que narrativo, creando un clima sombrío y muy efectista.

Para este I Masnadieri el Real ha contado con un reparto muy sólido, especialmente en el rol de Amalia, interpretado por Lisette Oropesa, muy querida en este Teatro, como volvió a demostrar un público muy entusiasmado. La soprano nacida en Nueva Orleans, que tiene una gran facilidad para la coloratura y unos excelentes agudos y sobreagudos, demostró en todo momento su dominio vocal y su gran capacidad dramática. Tras una gran entrada en el primer acto y lucirse en el segundo acto, con pirotecnia vocal en el aria “Tu del mio Carlo al seno”, llegó la cabaletta “Carlo vive!”, donde el público se sobreexcitó con sus sobreagudos y Oropesa, muy solícita, ofreció el bis de la segunda parte del aria.

La gran sorpresa de la noche fue Nicola Alaimo, que tuvo que sustituir a última hora a Mattia Olivieri. El público madrileño conoce bien el buen hacer del barítono palermitano, y él no defraudó. Con elocuente expresividad abordó su recitativo inicial y, a partir de ahí, construyó un siniestro Francesco que brilló especialmente en su aria más importante, “Pareami che sorto da lauto convito”, una página casi declamada que Alaimo llenó de intensidad, expresando con gran profundidad los remordimientos del personaje ante el dolor causado.

El tenor italiano Piero Pretti, como Carlo, no puede decirse que estuviera especialmente inspirado. El bandido que encarna apareció más frágil e inseguro de lo deseable, aunque eso sí, con un timbre hermoso que sostuvo con dignidad su intervención.

Massimiliano, el padre traicionado por el malvado Francesco, estuvo interpretado por el bajo ruso Alexander Vinogradov, que desplegó un notable volumen y una dramatización convincente. A muy buen nivel se situó también Alejandro del Cerro, en un rol importante que abordó con gran solvencia. El bajo georgiano Georg Andguladze, en el papel de Moser, pareció tener dificultades en la emisión, que sonó en ocasiones excesivamente engolada. Mejor fue el resultado de Albert Casals como Rolla.

Pero si hay un personaje que merece ser destacado por encima de todos, ese es, sin duda, el Coro Titular del Teatro Real, dirigido por José Luis Basso. Reforzado para la ocasión, su importancia en esta obra es innegable. Estuvo impecablemente preciso y empastado, creando un sonido potente, envolvente y puramente verdiano.

Todo ello bajo la dirección del maestro Francesco Lanzillotta, que obtuvo de la orquesta un sonido cuidado, con dinámicas bien trabajadas y una teatralidad que ayudó a suplir las carencias dramáticas del libreto. Lanzillotta supo mantener la tensión musical allí donde el texto flaquea, y construyó un marco sonoro coherente, sombrío y eficaz.

Una gran noche de ópera. Una gran velada verdiana.