En la Rusia de mediados del siglo XIX, cuando Eugenio Oneguin comenzó a tomar forma en la mente de Chaikovski, el país vivía atrapado entre dos pulsos opuestos, el peso de una tradición aristocrática que parecía inamovible y el empuje de un mundo moderno que cada vez estaba más presente. La obra, basada en la novela en verso de Aleksandr Pushkin, no es solo una adaptación musical de un clásico literario, sino un retrato íntimo de una sociedad que empezaba a resquebrajarse desde dentro.
Chaikovski compuso Eugenio Oneguin entre 1877 y 1878, en un momento de profunda agitación personal, convulsión que refleja en la obra, pero también en un periodo en el que Rusia debatía su identidad cultural. El país vivía en una especie de edad media en pleno siglo XIX y el nuevo Zar Alejandro II, consciente de ello, inicia una serie de cambios que el país necesitaba con urgencia, como la emancipación de los siervos en 1861, que les otorgó libertad personal, derecho a la propiedad y acceso a la justicia como ciudadanos, tras una profunda reorganización judicial. En 1864 se impulsó la creación de escuelas primarias en zonas rurales y urbanas, por lo que miles de personas tuvieron acceso a la alfabetización. Esta reforma educativa, menos conocida que la de emancipación de los siervos, tuvo sin embargo gran importancia. Gracias a ella, obras como la de Pushkin y Chaikovski pudieron hacerse populares.
La nobleza rural perdía lentamente su poder económico y simbólico, mientras surgían nuevas capas sociales que reclamaban un lugar en la vida pública. En ese clima, la figura del aristócrata ocioso, desencantado y sin propósito en la vida, el “hombre superfluo”, se convirtió en un símbolo generacional.
Oneguin es precisamente eso, un producto de esos nuevos tiempos, un joven educado en los códigos de la élite, pero incapaz de encontrar un sentido a su existencia. Su apatía no es solo un rasgo psicológico, sino un síntoma social. Frente a él, Tatiana representa otra tensión de la Rusia decimonónica, la colisión entre la sensibilidad romántica, alimentada por la literatura europea, y las expectativas rígidas de una sociedad que asignaba a la mujer un papel estrictamente limitado al entorno del hogar. Su famosa carta no es únicamente una declaración amorosa, sino un acto de afirmación individual en un mundo que no estaba preparado para escuchar la voz interior de una joven.
El estreno de la ópera en 1879, en el Conservatorio de Moscú, no buscó el brillo de los grandes teatros imperiales. Chaikovski quiso un espacio íntimo, casi doméstico, porque Eugenio Oneguin no es un drama épico, sino un estudio social disfrazado de tragedia sentimental. La obra expone, con una delicadeza casi cruel, la rigidez de un orden social que sofoca a quienes intentan salirse de él. El duelo entre Oneguin y Lenski, dos jóvenes atrapados en un código de honor anacrónico, revela hasta qué punto la sociedad rusa seguía aferrada a rituales que ya no respondían a la realidad.
En el fondo, Eugenio Oneguin es una elegía por un mundo que se desmorona y, al mismo tiempo, una advertencia sobre el vacío que deja tras de sí. La incapacidad de Oneguin para amar, para actuar, para elegir, es la metáfora de una clase social que se extingue sin comprender las fuerzas históricas que la rodean. Tatiana, en cambio, encarna la posibilidad de un futuro distinto, aunque ese futuro exija renuncias dolorosas.
Así, la ópera de Chaikovski no solo refleja su época, la interroga, la desnuda y la anticipa. En su aparente sencillez argumental nos da un diagnóstico totalmente lúcido de una sociedad en transición, donde el pasado ya no sirve y el futuro aún no tiene forma. Eugenio Oneguin es, en ese sentido, un espejo y un presagio, un retrato íntimo de un país que empezaba a despertar a su propia modernidad.
