El debut de Benjamin Bernheim en el Ciclo de Lied del CNDM y el Teatro de la Zarzuela dejó la sensación de asistir a un encuentro entre un intérprete en plena madurez artística y un repertorio que parece escrito para su voz. El tenor francés, reconocido especialista en la mélodie, ofreció un recital que combinó refinamiento, hondura expresiva y una técnica vocal que sostiene cada frase con una naturalidad casi provocadora. A su lado, Borja Mariño aportó un acompañamiento atento y vibrante, especialmente en un programa donde el piano no es mero soporte, sino interlocutor imprescindible.
La primera parte, centrada en Gounod, Hahn y Chausson, se movió en un clima de intimidad cuidadosamente construido. Bernheim desplegó un fraseo impecable, de líneas amplias y un legato casi instrumental, que permitía que cada melodía respirara con elegancia. Su dominio técnico, siempre al servicio de la expresividad, le permiten realizar esas medias voces sostenidas sin aparente esfuerzo.
En estas obras, el piano adquiere un protagonismo decisivo, y Mariño respondió con un sonido denso, flexible y lleno de intención. Su lectura no se limitó a acompañar: moldeó atmósferas, subrayó tensiones y sostuvo el carácter introspectivo de esta primera parte con una intensidad contenida pero siempre presente.
Con las cuatro canciones de Les nuits d’été, el recital tomó un rumbo más teatral. Bernheim mostró un dramatismo controlado, nunca excesivo, que encajaba con la naturaleza cambiante del ciclo. Su manejo de las medias voces, tan esencial en Berlioz, fue especialmente notable, y supo apropiarse de cada pieza sin perder la elegancia que caracteriza su canto. La voz, siempre bien proyectada, se movió con soltura entre la melancolía, la evocación y la ligereza.
Las tres canciones de Duparc marcaron uno de los momentos más elevados de la velada. Bernheim ofreció un despliegue interiorizado, lleno de matices, silencios expresivos y pianísimos. Fue un canto luminoso, casi espiritual, que reveló la profundidad emocional del repertorio sin caer en sentimentalismos.
El final del programa llevó a ambos intérpretes hacia un terreno distinto, pero no menos exigente. La canción de Mompou, con su engañosa sencillez, encontró en Bernheim un intérprete sensible y en Mariño un buen acompañante. En Turina, el tenor supo captar el color andaluz y el toque de humor que la pieza reclama, quizá impulsado por la complicidad del pianista gallego. La milonga de Ginastera, tan conocida como arriesgada, cerró el recital creando una atmósfera entre divertida y melancólica.
El público, entregado, obtuvo dos propinas que confirmaron el excelente momento vocal del tenor. En “Pourquoi me réveiller”, de Werther, Bernheim ofreció una interpretación brillante y expansiva, con un fraseo ardiente y una línea vocal impecable. A continuación, se atrevió con “E lucevan le stelle”, de Tosca: una elección poco habitual para su tipo de voz, pero que resolvió con extraordinaria solvencia, especialmente en los agudos, donde mostró un brillo inesperado y un control admirable.
Por supuesto, esperamos que este sea el primero de muchos recitales en los que podamos disfrutar del refinamiento de Benjamin Bernheim.
Benjamin Bernheim & Borja Marino (C) Elvira Megías
